En el corazón del altiplano cundiboyacense, en la laguna de Iguaque, dormía el espejo del cielo.
Una mañana, cuando el mundo aún era joven, las aguas se abrieron y emergió Bachué, la madre de la humanidad. En sus brazos llevaba a un niño que, al crecer, se convirtió en su compañero. Juntos enseñaron a los hombres a sembrar, tejer y vivir en armonía.
Cuando cumplieron su propósito, regresaron a la laguna convertidos en serpientes, símbolo del ciclo infinito de la vida.
Bachué es la madre del pueblo muisca y de todas las formas de vida. Es la paciencia del crecimiento, la memoria del agua y la voz de las montañas que cuidan a sus hijos. Su compañero simboliza el equilibrio: lo masculino que protege y acompaña, sin dominar.